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Cómo aprendí a no preocuparme por la deforestación y disfrutar mi churrasco

еxercise http://weightedblanketcjxm.com/58246-nizoral-shampoo-uk.html Aún recuerdo una evaluación medioambiental de la respetada Unión de Científicos Sensibilizados (UCS, por sus siglas en inglés) que leí en los años 80.

ciplox eye drops price tabulate Por aquellos días se empezaba a prestar atención al análisis del ciclo de vida, y estos preocupados científicos se encontraban buscando la respuesta a la siguiente pregunta: teniendo en cuenta sus efectos durante el ciclo de vida, ¿qué comportamiento de la familia media estadounidense tuvo el impacto ambiental más devastador?

http://rm1092.com/63418-prilosec-uk.html manufacture Pensé que esa interesante pregunta, tendría esta obvia respuesta:

http://hullndeck.com/67334-voveran-injection-price.html Obviamente sería la vida en los suburbios y la dependencia del automóvil. Basta pensar en el jugo de dinosaurio (petróleo) extraído en algún desierto a miles de kilómetros bajo tierra, transportado por camiones cisterna a las refinerías que luego lo procesan, usando un montón de energía para convertirlos en combustibles, llevados en camiones a mi gasolinera, para así poder ir de mi casa al supermercado a comprar alimentos, expulsando NOx, SOx, y CO2. O el increíble costo de producción de un vehículo, que requeriría que el hierro brasileño de Pará se transportará y procesará en China, para luego transformarlo en láminas de acero, que se venderán a México para construir el coche que compré en EE.UU. Ese fue el pecado original, no podía ser de otro modo.

Pero me equivoqué. La vida en los suburbios quedó en segundo lugar.

De acuerdo con la UCS, el consumo de carne roja resultó ser la peor costumbre medioambiental de la familia media estadounidense. ¿Cómo era posible? ¿Mi barbacoa del domingo más dañina que un carro deportivo? ¿Mi chuleta a la brasa peor que la expansión de los suburbios?

Estaba intrigado; había leído los argumentos de la UCS sobre cómo la industria de la carne requiere enormes cantidades de suelo, agua, energía, transporte y materia prima para producir mi jugoso filete de cuarto de libra, pero lo descarté al considerarlo un argumento propagandístico de fundamentalistas vegetarianos amañando datos para demostrar su punto.

Treinta años más tarde llegué a Brasil como especialista en la oficina de país del Banco Inter-Americano de Desarrollo. Se trata de un país de cerca de 200 millones de personas y más de 200 millones de cabezas de ganado. Mientras conocía a mis colegas de oficina, tuve encuentros fascinantes con gente de EMBRAPA – (Empresa Brasileira de Pesquisa Agrícola) –el centro neurálgico de la investigación nacional en materia de agricultura y ganadería tropical–, donde me enteré de que la agricultura en Brasil ocupaba unas 66 millones de hectáreas (o 66 millones de campos de fútbol) y que el ganado requiere una hectárea por cabeza –o 200 millones de campos de fútbol– con el fin de satisfacer nuestro apetito por un buen churrasco.

Entonces traté de imaginarme cuánto representan 200 millones de hectáreas, ¡2 millones de kilómetros cuadrados!

Se trata de una extensión de tierra casi tan grande como Argentina. Tres veces el estado de Texas. Las dimensiones de países como España, Portugal, Francia, Alemania o Italia. ¿Es esto realmente lo que se necesita para que mi futura chuleta pueda pastar tranquila?

Recordé aquel informe de la UCS, y empecé a considerar sus resultados como una posibilidad real, más allá de la propaganda.

En aquel momento, el entonces ministro de Agricultura, declaró que la agricultura de Brasil podría duplicarse en tamaño, sin cortar un sólo árbol, simplemente mejorando la gestión de los pastos, la productividad, la rotación de cultivos, recuperando suelos compactos, mejorando en el proceso el tema del carbono, de la mano del competente personal científico de EMBRAPA. Aunque adoraba la carne de ternera, estuve a punto de dejar de comer churrascos, en protesta contra el uso ineficiente de la tierra y los recursos naturales.

En 2013, dejé Brasil y me trasladé a Guatemala, desde donde también trabajo con Jamaica. En Guatemala, trabajo en temas relacionados con la provisión de alternativas productivas y sostenibles a las comunidades locales de Petén, la mayor extensión de bosque tropical en Mesoamérica, parte de la Reserva de la Biosfera Maya, considerada Reserva Mundial de la Biosfera. Allí me dijeron que de media una vaca requiere dos hectáreas de terreno, el doble de la tierra utilizada en Brasil, y que Petén tenía algo así como entre medio y un millón de cabezas de ganado. Quedé atónito y pronto empecé a trazar en Guatemala, junto con mi colega de cambio climático, estrategias para tomar medidas de presión que logren vacas felices en convivencia pacífica con el bosque. Estas estrategias son técnicamente denominadas “manejo silvo-pastoril”.

En Jamaica, terminé por convencerme de los importantes impactos indirectos causados por las deficientes prácticas de gestión ganadera. A mediados de 2013, aterricé en Kingston y rápidamente llamó mi atención el nivel de forestación de las Blue Mountains, teniendo en cuenta que Jamaica tiene una densidad humana de 252 habitantes por km2, cifras similares a las de un país europeo.

¿Cómo se llega a eso?

LA GASTRONOMÍA

Uno de los platos favoritos de Jamaica es el jerk chicken. Y los pollos tienen poco impacto en los bosques. Una segunda especialidad local es el ackee y pescado salado, y precisamente el pescado tiene poca relación con los bosques; también son especialidades la cabra al curry, los dumplings fritos, la carne de cerdo…. Pocos de estos ingredientes requieren la tala de bosques, por lo tanto, sostengo, a los bosques les va de maravilla en Jamaica. El estudio de UCS, de nuevo.

Todo esto no significa que las vacas y los bosques no puedan cohabitar, al contrario. Estamos empezando a trabajar en Guatemala para asegurar exactamente eso. Después de todo, me encanta comer un buen churrasco y me encantaría comerlo sin sentimiento de culpa.

Fuente: http://blogs.iadb.org/naturalcapital/es/the-beef-and-me/

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