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Camino a la gloria

Camino por la ciudad, mucho, siempre que tenga tiempo mi medio de transporte serán mis zapatos, el subte y el tren a veces, cuando es inevitable el automóvil y nunca, jamás el colectivo.

 

 

 

CAMINO A LA GLORIA

 

Las caminatas me permiten disfrutar de la ciudad como si fuera un turista, me paro otra vez frente a una fachada y redescubro detalles cada vez, una nueva librería, un café que ayer no estaba y me detengo cual turista sin despertar, sin embargo, el menor interés de los que promocionan paseos y espectáculos, vaya a saber qué sexto sentido tienen estos tipos para adivinarme un habitante más de Buenos Aires.

Llena la calle Florida, llenísima, me animo igual y una señora alemana que sabe el inglés y sospecha el español me pregunta por una manifestación que avanza por Diagonal Norte, le explico que es un grupo a favor del gobierno y se sorprende, “en mi país los que cortan las calles son los que están en contra de quien gobierna”, me dice desorientada y saca y saca fotos, “si siendo alemana este país no te sorprendiera sería porque te habrías quedado todo el tiempo en el hotel”, pienso, y ni así.

Uno con el casco de motociclista en la mano pide unos mangos para la nafta con la excusa de haberse quedado sin combustible, “y estoy laburando, ¿viste?”, ¡qué mala suerte tiene este tipo!, me lamento, hace como un año que todos los días le pasa lo mismo, me encara el tipo y descubro entonces que pinta de turista no tendré, pero sí de otario.

La reunión es en San Telmo, debe estar buena la oficina si es en uno de esos viejos edificios reciclados, “¿conoce el obelisco?”, es la pregunta de un turista español al canilla de la esquina, “¿Que qué?”, repregunta medio caliente el de los diarios, “¿Que si conoce usted el obelisco?”, “¡pero cómo no voy a conocer el obelisco!”, exclama el tipo mirándome a mi, “¡está loco el gallego este!”, “andá, gaita andá, hacé cinco cuadras y a la derecha lo vas a ver, ¡mirá si no voy a conocer el obelisco!”, finalmente le indiqué con precisión que siguiera por Independencia, doblara a la derecha en la avenida más ancha del mundo y… “¿es la avenida más ancha del mundo?”, sí, gallego, sí.

Los negocios de antigüedades estaban siendo visitados por compradores, no como el fin de semana que se convierten en galerías de arte, aprovecho y pregunto por el precio de un reloj de pié que no sabría dónde ubicarlo en mi casa, casi de espaldas me responde el vendedor y descubro así que además de no tener aspecto de turista y sí de otario, le sumo el olor a seco porque el vendedor siguió de espaldas con sus palabras cruzadas.

Un cantor de vereda “con el funyi tirao sobre un ojo” ensayaba una versión a capella de “Cuesta abajo” y una rubia, sin detenerse, le tira dos pesos, ni la mira el cantor, intuyo que lo ofende esa plata que le dan sin escucharlo, mucho más que la que yo no le doy quedándome hasta que concluye “el tiempo viejo que lloro y que nunca volverá”, intuyo pero no estoy seguro porque tampoco acusa recibo de mi solitario aplauso.

“Es que si le diera a todos no me alcanzaría la plata”, me justifico y me percato que en realidad no le doy nada a nadie y aún así la plata no me alcanza, reconocerse pobre y avaro no está bueno, pero ahora en la reunión voy a pedir que me ajusten los honorarios, les pasé un número el año pasado y ya no corre, ¿o para mi las cosas no aumentan?, ¡que me dejen de…!, no me voy a regalar.

“Buen día, el director no va a poder venir”, me recibe una pibita que debe tener veinte minutos en la empresa, “me dejó dicho que si pudieras bajar los honorarios un 20% el trabajo sería tuyo, dice que ojala puedas porque él se siente muy seguro con vos, que siempre has respondido bárbaro y que además ya sos un amigo de esta empresa, que lamenta no poder estar aquí y que el proyecto lo necesitaría mostrar en la próxima reunión de directorio dentro de quince días, de modo que tiene que definir ya con quién lo hará”, “está bien”, respondo respirando hondo, hondísimo.

Dejé el café sin tomar y salí a la calle, desde el celular invité a un amigo a almorzar so color de celebrar el nuevo contrato pero “estoy a full” es la respuesta, definí la jugada con dos porciones de pizza de dorapa y un moscato… “al menos me ahorré unos mangos”, calculo y sumo también el subte que no tomaré para llegar a mi casa, no cuenta en la elucubración matemática el 20% que me podaron de la cifra que yo pensaba aumentar, esa no cuenta, si no agarraras viaje vos lo haría otro, lo importante es tener trabajo, ¿o no?, ¿no?

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