Menu



¿Qué les pasa?

La pregunta recurre cada vez que un extranjero conoce la Argentina y se anima a preguntar. Un ingeniero francés, completamente francés,  se aventuró a venir a trabajar a Buenos Aires y a los pocos meses comenzó a disminuir su capacidad laboral, valorado por su empresa (francesa ella) entendieron que se trataría de una cuestión de afectos entonces aceptaron trasladar también a su pareja al país más austral del mundo, no había caso y así fue que le dieron dos meses de licencia (dos meses) y lo invitaron a recorrer el país.

 

Alargó su periplo desde Jujuy a Tierra del Fuego y lo ensanchó de la cordillera al Atlántico, conoció lo que muy pocos argentinos, viajar sin prisa y con vento permite prescindir de itinerario, así es que si llegaba a la Quebrada de Humahuaca a la mañana e imaginaba que el atardecer sería bonito rentaba una habitación y se quedaba, ni sabían de la existencia de la Ruta del Vino pero enterados en Mendoza le dedicaron tres días, los galeses del sur se cansaron de venderles dulces, se maravillaron con las guitarreadas en Salta y no les alcanzaban las palabras para describir nuestra fantástica Patagonia. Nunca entenderé cómo hicieron sin mate.

¿QUÉ LES PASA?

 

 

 

 

De la Mesopotamia sólo conocieron las Cataratas del Iguazú y a pesar de que apenas si sospechaban el español se las arreglaron para distinguir la dulzura con la que hablan las mujeres de Misiones, yo me esforcé para que le quedara claro que dos sitios distinguen a la Argentina en el contexto latinoamericano: La Patagonia y Buenos Aires, pero no lo logré creo, insistía en que Bariloche parecía una ciudad suiza y mucho de nuestra capital le recordaba a París, no le quedó la idea de que, sin hacer ningún juicio de valor, no hay en Latinoamérica una ciudad como Buenos Aires ni un sitio como la Patagonia, tampoco es tan grave.


Pasados los dos meses recaló en la oficina para despedirse porque quería volver a Francia, los mimos turísticos no alcanzaron para mitigar su angustia y se volvió, en la cena de despedida y con buena carga de Malbec me preguntó, “¿qué les pasa?, ¿por qué no alcanzan la dimensión de gran país si tienen todo?”, le iba a contestar que tal vez sea por eso, porque tenemos todo que andamos dando tumbos, pero su pareja dormitaba ya acodada en la barra del bar La Poesía y no fuera a ser que algún “malandrín de cantor” se alzara con ella como en el tango “Con pan y cebolla”.

Pero la mayoría de los ingenieros franceses se quedaron dos años, había que verlos a los pocos meses cruzando las calles por la mitad de la cuadra, acelerando cuando el semáforo se ponía en amarillo, manejando medio encopetinados, discutiendo la propina con los trapitos y relojeando a las mujeres cuando iban más que cuando venían, ese berretín bien argento de valorar esa zona anatómica femenina por sobre todas las demás.

Estos, los que se quedaron dos años, si bien también viajaron por el país y valoraron lo que Dios nos ha provisto, tuvieron la experiencia de conocernos trabajando, codo a codo con ellos realizamos una obra petrolera en Tierra del Fuego y se maravillaban de nuestra reacción frente a lo imprevisto tanto como sufrían lo poco receptivos que somos con las pautas preestablecidas.

Lo curioso es que, al igual que aquel que se volvió a Francia sólo con una impronta turística, éstos que se quedaron dos años y vivieron la experiencia de lo que para nosotros significa la palabra “mañana”, “vení mañana”, “mañana te pago”, “nos vemos mañana”, un momento en el tiempo que casi nunca es el día que sucede al de hoy, éstos que nos vieron laburar hasta los domingos para sacar la obra adelante, antes de irse preguntaron “¿qué les pasa?”, “los que hemos conocido se dedican fuertemente a trabajar y no le escapan al esfuerzo”, “¿por qué no son un país extraordinario?”.

Aprendieron ahí mismo que un argento de pura cepa nunca se queda sin respuesta y de todo zafa con ironía, “es que somos un país grande”, contesté, “imagínense ustedes a Francia pasando por lo que pasamos nosotros, ya hubiera desaparecido”, sonrieron por delicadeza y propusieron un brindis, uno lo hizo en voz alta para que pronto dejemos de solazarnos con nuestra buena retórica y echemos manos a las cosas, me acordé de Ortega y Gasset pero no lo mencioné, no vaya a ser cosa que se aviven que ese consejo ya nos lo dio el filósofo español hace setenta y cuatro años, sin resultado alguno.

"¡Argentinos, a las cosas, a las cosas! Déjense de cuestiones previas personales, de suspicacias, de narcisismos. No presumen ustedes el brinco magnífico que daría este país el día que sus hombres se resuelvan de una vez, bravamente, a abrirse el pecho a las cosas, a ocuparse y preocuparse de ellas directamente y sin más, en vez de vivir a la defensiva, de tener trabadas y paralizadas sus potencias espirituales, que son egregias, su curiosidad, su perspicacia, su claridad mental secuestradas por los complejos de lo personal".

http://www.somos-pymes.com/columnistas/arq-alejandro-calderaro/que-les-pasa.html

Más en esta categoría: Camino a la gloria »
volver arriba

Comentarios